MARIA MONTEGUER. ESCRITORA

Blog literario de Maria Monteguer
AUTORA DE:

LAS DOS TERESAS
EL GIRO DEL CALEIDOSCOPIO
LAS CARTAS DE JOPACLONDO

domingo, 30 de abril de 2017

LAS DOS TERESAS

Prólogo

   Ahí quieta, una fotografía antigua reposa encima del secreter dejando asomar el rostro sereno y amable de una joven monja.
Ocho velas aromáticas, un esenciero de cristal coronado con una hermosa cruz de brillantes y un arca que contiene una rosa roja la custodian. Cuando la miro, siento paz y respeto, pero  cuando enciendo las velas su mirada se transforma y cobra vida, porque ella es así, un alma fiel que traspasa lo real, a pesar de estar al otro lado.

   Unas horas antes...

   Aquella tarde llovía mucho. José y Aurora se preparaban para ir a la feria de muestras que todos los años se celebraba en su ciudad, donde cinco pabellones exponían todo tipo de artículos y complementos que todavía no habían salido a las tiendas. Una cita obligada, que esta vez sería especial y diferente, sobre todo para Aurora, que sin saberlo iba a ser testigo de la última señal.

   José, gran amante de los coches, los relojes y todo lo relacionado con el mundo de las antigüedades, era un asiduo visitante de esta exposición, en la que siempre encontraba algo interesante que llevarse para casa. Ni siquiera la lluvia que estaba cayendo sin cesar era excusa suficiente para retrasarse o dejarlo para otro día. Cansado de esperar a Aurora, que llevaba ya un buen rato delante del espejo, al ver lo tarde que era, le dijo:

   —Vamos, Aurora, que a lo que lleguemos van a cerrar…

                                                          
   Cogió el paraguas, las llaves y se fue directo a llamar al ascensor.
    Aurora, bastante resignada, simplemente lo acompañaba, porque ella odiaba todo lo que tuviera que ver con las aglomeraciones y los espacios enormes que nunca se acaban.

   Una vez allí, después de recorrer casi toda la feria y admirar por un buen rato una competición ecuestre, que era la novedad de ese año, fueron directamente a ver la última exposición que les quedaba, la dedicada al mundo de la decoración.

   José, un poco perdido de aquí para allá, entre mesas, cuadros, sillones y toda clase de muebles para el hogar, se había distanciado de Aurora, que en esos momentos miraba entretenida un puesto de artículos de segunda mano, buscando quizás alguna muñeca antigua que añadir a su amplia colección, iniciada hacía ya muchos años.

   Decepcionada y aburrida, sin encontrar nada de su agrado, decidió marcharse justo cuando llegaba José, el cual, al ver que podía haber cosas interesantes en aquel lugar, le cogió de la mano y le dijo:

   —Venga, Aurora, por favor, te prometo que lo vemos rápido y nos vamos.

   Un poco a regañadientes Aurora lo acompañó, hasta que, de repente, al llegar al último puesto que les faltaba por visitar, un cuadro apoyado en un rincón del suelo que pasaba desapercibido llamó su atención. Cuando se agachó para cogerlo y vio que se trataba de una foto muy antigua, se quedó paralizada; el rostro de una joven monja parecía mirarle sonriente.

   José, que conocía muy bien a su mujer, al verla tan concentrada en su pequeño hallazgo, le preguntó: 

   — ¿Qué te ocurre? Te has puesto pálida.
                                                         
 Pero, como ella no le contestaba, volvió a insistirle:

   — ¿Quién es? Es una monja, ¿no?
 
   Aurora, con el corazón latiendo a cien por hora, no podía dejar de mirar aquella foto:
  
   —No puedo creerlo, sí es ella, no hay duda.

   Un letrero pequeñito escrito a máquina en un lateral lo confirmaba: "Retrato auténtico de Teresa de Lisieux".

   —Mira, José, es Teresita, ya sabes, la de las rosas. Sí, hombre, la de mi libro, ¿recuerdas?

   Bastante desconcertada, Aurora fue directa a preguntar cuánto costaba, sin hacer caso ni escuchar a José, que, corriendo detrás de ella, le decía:

   —Espera, déjame a mí, que a ti siempre te engañan.

   Ella, impaciente, le recriminó:

   —Me da igual lo que valga; me lo voy a llevar de todas formas.

   Una hora después, Aurora volvía feliz a casa con aquel cuadro entre sus brazos, llena de emoción, no solo por ser de quien era, sino porque aparecía precisamente ahora que se había aventurado a escribir un libro en el que Teresita era una parte muy especial del mismo.

   De nuevo una señal, mucho más directa que las anteriores, se asomaba para dar veracidad a su relato, una apasionante historia basada en hechos reales.
                                                       
   Al día siguiente, Aurora colocó el retrato en su secreter, encendió ocho velas perfumadas a su alrededor y, bajo el embrujo centelleante del humo que invitaba a la oración, comenzó a rezar desde lo más profundo de su alma en busca de inspiración y, sobre todo, de valor para acabar lo que había empezado: un libro sobre las distintas señales que fueron apareciendo en una etapa de su vida, como prueba fiel del legado que Teresa de Lisieux prometió antes de morir: "Enviaré rosas desde el cielo, a todos los que me lo pidan…"
  
   Momentos después, sin más, se sentó en su mesa, encendió el ordenador y empezó a escribir, sintiéndose mucho más segura y con la fuerza necesaria para transmitir su mensaje, toda una verdad dispuesta a traspasar la fina línea que separa la razón de lo increíble, algo le decía en su interior que Teresita estaba más presente que nunca.                               
                                                     










                                                         









                                                        
LAS DOS TERESAS                             
CAPÍTULO   1
EL RUIDO DEL EXTRACTOR


   Ni siquiera sé cómo empezar este libro; supongo que por el principio, claro. Si fuera un cuento sería más fácil: “Érase una vez”, pero no, no tiene nada de cuento, porque esta es la historia de un sueño que se cumple a pesar de todo, temores, alegrías, miedos, sacrificios y un montón de ilusiones forjadas a fuerza de creer en uno mismo o en alguien que sin darte cuenta llega a tu vida de puntillas, se esconde en lo más profundo del alma y a lo largo del camino va dejando señales que al final dan sentido a todo.
Sí, esta es una historia, mi historia, y quiero plasmarla tal y como fue, porque a veces los sueños también se cumplen, como en los cuentos.

   Cinco años antes...

   La mañana era como una de tantas. Me disponía a terminar de etiquetar todas las gafas cuando Arturo entró en el almacén con unos papeles en la mano. Se le notaba nervioso, cosa muy habitual a esas horas de la mañana, se acercó a donde yo estaba y exclamó:

   — ¡Han enviado un correo de la central! Se trata de un proyecto nuevo y pionero; leedlo con atención y luego ya me diréis si os interesa; es importante.

   Su tono, un tanto irónico, me llamó la atención, así que dejé lo que estaba haciendo y me dispuse a ver de qué se trataba.

   Vaya, «qué interesante», pensé, no podía creerlo. La Universidad de Cubera abría sus puertas a trabajadores de óptica en una oportunidad ofrecida on line y mi empresa estaba dispuesta a correr con todos los gastos de matrícula y dietas de la carrera a quien quisiera apuntarse. Además, las dos semanas presenciales obligatorias al año para examinarse y hacer las prácticas contarían como horas trabajadas. La propuesta desde luego, no estaba nada mal.

   Esta idea me pareció genial, porque, después de cerca de veinte años de trabajo a las espaldas, se presentaba ante mí una ocasión única, poder estudiar sin dejar de trabajar, algo que siempre había deseado pero que hasta ese mismo momento no dejaba de ser más que una mera ilusión.
                                                                     
   Ya es hora de que me presente: me llamo Aurora y actualmente trabajo en una de las empresas más cualificadas en el mundo de la óptica. Empecé mi profesión hace muchos años, un poco por casualidad, en otra tienda más pequeña también de óptica, donde una serie de cambios y problemas, que bien podrían ser el contenido de otro libro, me llevaron hasta aquí, hace ya seis años, después de mucho pensar, llorar y desesperarme.
 
   El cambio al que tuve que enfrentarme supuso afrontar la llegada de una nueva vida, incierta y desconocida, ya que la seguridad que me daba tener un puesto fijo no fue suficiente para aguantar los continuos desaires y desprecios con los que últimamente tenía que batallar y que al final pudieron conmigo.
  
   Ahora, cuando ya ha pasado el tiempo necesario, puedo dar gracias a Dios por aquella decisión tan arriesgada, porque sin ninguna duda, cuando miro hacia el pasado, no soy capaz de reconocerme.
  
   Una continua sucesión de acontecimientos desafortunados me obligaron a enfrentarme a una nueva etapa llena de sorpresas, que aguardaba sin remedio como hecha para mí, a pesar de las lágrimas que tuve que derramar por ello.

   Pasar página y empezar de cero fue un listón demasiado alto en aquellos momentos, debido, sobre todo, a que la estabilidad de mi familia dependía en gran parte de los ingresos que aportaba mi trabajo, pero tampoco se puede remar contra corriente, y, aunque muchas veces nos empeñemos en negarnos la realidad, son las circunstancias las que nos obligan a tomar decisiones, que, correctas o no, son las que nos ayudan a seguir hacia delante.

   No hay nada peor que quedarse estancado y aceptar como normal algo que no lo es, o dejarse pisotear cuando no lo mereces; es entonces cuando al tocar fondo no hay que dudar, sino mirar de frente y abandonarse a la intuición, o, por qué no, a la fe, pues, en aquella etapa de mi vida, la duda y el desconcierto en el que me vi atrapada fue tan grande que solo algo mágico y bondadoso se encargó de guiarme hacia donde hoy felizmente me encuentro. También creo que el destino que tenemos reservado está repleto de caminos diferentes que conducen siempre a un mismo fin, y que solo depende de cada uno saber elegir el más adecuado.


                                                
   Aún recuerdo el último día que pasé en aquella tienda, donde, junto con mi compañera, que también marchaba conmigo, dedicamos los últimos minutos para enviar un correo electrónico a todas las tiendas de la compañía y, por supuesto, a la dirección, una “carta de despedida” que prácticamente decía algo así:

  “Queridos compañeros, a todos aquellos que formáis parte de esta gran familia que es... óptico va dirigida nuestra carta de despedida, tanto a los que nos conocen como a los que no, a los que ya se han ido y, especialmente, a los que se quedan, porque, después de tres años de continuos sinsabores, acciones injustificadas y preguntas sin respuestas, nos vemos obligadas a partir con la esperanza de encontrar en otro sitio la consideración, el respeto y la empatía que aquí no hemos encontrado. Atrás dejamos tantos años de trabajo serio y responsable, que, sin valorar por parte de la dirección, ahora quedan ya para el recuerdo”.
                                                                             Aurora y Marian

   Esta carta que siempre he guardado encierra un mensaje lleno de tristes sentimientos, pero también de esperanza e ilusión. Los tres últimos años de mala gestión, llenos de cambios por parte de un nuevo director que apenas llevaba ese tiempo en la empresa, polarizaron el buen hacer de todos los anteriores, quince, exactamente, toda una vida de trabajo responsable en los que, igual que en una escuela, aprendí la mayor parte de los conocimientos que hoy son la base de mi profesión actual.

   Por ello no puedo dejar pasar mi más profundo respeto al director de esos primeros años, esté donde esté, pues ya no vive; el destino se lo llevó en un accidente de tráfico, quedando en mi memoria la última vez que lo vi, cuando se despidió de mí en la puerta con su habitual y amable sonrisa:

   —Adiós, Aurora, hasta la próxima vez, y recuerda lo que te he dicho. Ya hablaremos.

   Aquella próxima vez quedó en el aire para siempre, y una espiral de acontecimientos enrevesados, que serían el principio del fin, cambió para bien el rumbo de mi vida.
  
   Marian, mi compañera de tantos años, sufrió conmigo esta última etapa de la misma forma que yo, de manera que los continuos problemas y sinsabores acabaron por forjar una amistad que conservamos hoy en día, además de seguir siendo compañeras de trabajo aunque en sucursales diferentes.

                                               
   No me voy a extender aquí, no es el objetivo que me guíen esta historia, pero sí narraré algunos de lo sucesos que más influyeron a la hora de tomar la decisión de comenzar de nuevo en otro sitio.

   Todo empezó cuando, al mes de la muerte del director general, la empresa decidió buscar uno nuevo y contrató los servicios de un psicólogo, que se encargaría de “analizar” a cada uno de los empleados. El objetivo de mejorar el ambiente de trabajo para obtener así un mayor rendimiento personal era en definitiva un mensaje oculto que encerraba una reestructuración global de la plantilla, especialmente, de los que llevábamos muchos años trabajando.

   El equipo lo formábamos cuatro, Marian, Darío, Ramón, el gerente, y yo. Sin contar los problemas normales y cotidianos, podría decirse que la tienda funcionaba en un ambiente agradable, en el que la manera tan personal y familiar de atender a nuestros clientes era lo que les hacía volver y no el “nombre” para el que trabajábamos.

   Ramón, el gerente, con un carácter inestable y bipolar, era quizá lo único que entorpecía nuestro día a día, porque quien realmente controlaba la tienda no era él, sino nosotros, que, además de llevarnos muy bien, le hacíamos la mayor parte de su trabajo. Pero ¿quién no tiene un “jefe” en su vida?, y fueron pasando los días hasta que una mañana nos llegó la noticia de que un psicólogo vendría a visitarnos, dispuesto a conocernos personalmente, prometiendo a cambio un trato privado y confidencial.

   A mí, en un principio, la idea me pareció bastante divertida y pensé: «Ya es hora de que se den cuenta de cómo somos y de que conozcan al verdadero Ramón», al que me costaba mucho esfuerzo soportar.

   Cuando llegó el día, Ramiro se presentó muy cortésmente, utilizando algo que sabía usar muy bien, su mirada. Unos impresionantes ojos azules acompañados de una suave y melodiosa voz hicieron que, sin darme cuenta, cayese en sus redes. Las tres largas horas que duró nuestra charla fue algo más que un cambio de impresiones, debido a que Ramiro, muy hábil, gran conocedor de todo tipo de técnicas psicológicas y del lenguaje corporal, sacó de mí lo que quiso.

   Quería información y yo se la di sin ser consciente de que mi interlocutor no era en realidad quien decía ser, sino un embaucador que supo llevar muy bien las riendas de aquella conversación, que estuvo repleta de confesiones personales, del trabajo que hacíamos cada uno y, cómo no, de Ramón, que, siempre por encima de mí, me tenía dominada por completo.

   Emocionada pero engañada a la vez por aquella persona que me hipnotizó igual que un encantador de serpientes, acabé mi entrevista muy tranquila, confiando en que sería confidencial y privada. ¡Qué gran error!

   A última hora de la mañana le tocó a Marian, que, después de esperar ansiosa su turno, apenas tuvo oportunidad de decir nada en una entrevista tan corta que solo sirvió para compartir temas superficiales.

   Ya por la tarde, más tranquila, le dije:
  
   —Marian, no te agobies, si hay alguien que debe preocuparse creo que soy yo, o quizás Ramón. Ahora me arrepiento de todo lo que he contado. ¿Y si Ramiro no fuera quien dice ser? No quiero ni pensar en las consecuencias que eso tendría.

   Ese mismo día, Ramiro se despidió de nosotros con un singular: “Hasta pronto, tendréis noticias mías…".

   Y vaya si las tuvimos. A la semana siguiente tuve un sueño revelador en el que un fax anunciaba el nombramiento del nuevo director general: Ramiro…

   Cuando se lo conté a Marian, se puso muy nerviosa. Ella tenía una fe ciega en mis sueños al comprobar como después se cumplían y estaba convencida de que Ramiro nos había engañado. Últimamente tenía bastantes sueños premonitorios relacionados con el trabajo; eran tan frecuentes que acabé apuntándolos en una agenda para ver si luego sucedían. Digamos que nací con ese “don”; mi problema es que nunca he sabido ubicarlos en el tiempo, igual suceden a los pocos días o, por el contrario, mucho después. Lo malo es que esta vez acerté de lleno.

   — ¡Te lo dije, este tío nos la ha jugado! ¡Ya verás cómo es el nuevo director! —exclamó Marian muy alterada.

  Dos días más tarde, un “anunciado” fax presentaba al nuevo director, que llegaba a nosotros a través del engaño y de la manera más vil que se pueda imaginar: un lobo disfrazado de cordero, que, abusando de la    buena voluntad y confianza que le dimos, elaboró un cóctel explosivo   del que acabaríamos bebiendo tres años después.

                                                 
   Semejante noticia me tuvo desconcertada durante mucho, sin llegar a creerme del todo que Ramiro fuera a ser el nuevo presidente de la compañía; como mucho, alguien sin escrúpulos con poder para “limpiar” los equipos de cada tienda.

   Las semanas siguientes, tras aceptar como pudimos al nuevo fichaje, llegó la hora de la visita “ya oficial” de don Ramiro, nuestro nuevo director general. Para este incómodo encuentro, por lo menos, para mí, desde la central reservaron una habitación en el hotel, que, bastante aparente, habían construido hacía poco justo enfrente de la tienda. Por lo visto, las salas de trabajo que suele haber en los hoteles no parecían apropiadas y optaron por elegir una suite en la quinta planta.
 
    Al enterarme de que la entrevista sería individual en la habitación de un hotel me entró pavor, pero qué se podía esperar de este hombre después de lo que había hecho apenas unos días antes.
  
   Era viernes, seis de la tarde; había llegado mi hora. Ramiro, junto con Rafael, nuestro director de zona, con el que hasta entonces yo me llevaba bastante bien, había empezado ya las entrevistas. Recuerdo que estaba tan nerviosa que, cuando llegué al hotel, empujé tan fuerte la puerta giratoria principal, que sin querer di dos vueltas seguidas antes de poder entrar. En ese momento recé para que nadie me hubiese visto y menos él que, muy sonriente, esperaba mi llegada al fondo de la sala. Disimulando como si la cosa no fuera conmigo, me acerqué hasta, que al tenerle de frente ni siquiera podía mirarle a los ojos, algo que a él tanto le gustaba, condicionada por todo lo que habíamos hablado unas semanas antes y que ahora me producía escalofríos.

   Estrechó mi mano, me dio dos besos y me dijo:

   —Hola, Aurora, soy tu nuevo director, encantado de volver a saludarte.

   Ahora sus ojos ya no me parecían bonitos, sino dos puñales fríos como el hielo que traspasaban los míos al cruzarnos la mirada.

   Acto seguido, subimos en un ascensor lleno de espejos, mientras Ramiro, muy cerca de mí, no dejaba de mirarme. Solo el timbre melodioso que avisaba la llegada a nuestra planta le hizo reaccionar, cuando al salir, la habitación 525 esperaba justo al lado. Al entrar en la suite, descubrí una antesala preparada con un sillón negro, dos sillas más pequeñas a los lados y una mesita con caramelos, todo colocado a propósito.
                                                  
   Detrás, una puerta abierta de par en par daba paso al dormitorio, que dejaba asomar una enorme cama de matrimonio.

   Ni siquiera habíamos empezado y yo ya estaba temblando como un flan, totalmente insegura y llena de dudas: "¿Dónde debería sentarme, en el sillón o en una silla?" "¿Los caramelos serían de verdad, o quizá rellenos de alguna sustancia?" "Y la puerta del dormitorio, ¿qué necesidad había de tenerla abierta?".
  
   Al darse cuenta de mi inseguridad, Ramiro, muy educado, me invitó a tomar asiento, sin dejar ni un solo segundo esa falsa sonrisa que parecía haberse tatuado, pero, cuando iba a sentarme en una de las sillas, muy caballeroso me recriminó:

   —Aurora, ahí no, por favor, siéntate en el sillón, estarás mucho más cómoda. Relájate; además, si te encuentras mal, no te preocupes, te tumbaremos en la cama si es necesario. ¿Quieres un caramelo?

   —"¡Caramelos no!", pensé para mí; algo me decía que no debía probarlos.

   En ese instante, como en un flash, me vino al pensamiento la imagen de Blancanieves mordiendo la manzana; esta vez la moraleja de los cuentos había cumplido su papel. ¡Madre mía! Entonces me di cuenta de que todo estaba preparado; la intimidación era un arma muy poderosa y Ramiro, que lo sabía perfectamente, la utilizó sin ningún pudor.

   No tuve más remedio que afrontar la situación, en la que, pregunta tras pregunta, intenté mostrarme tal y como soy y conseguí llegar hasta Ramiro, que, después de dos largas horas, me confesó que no iban a prescindir de mí, sino todo lo contrario, tenían planes de futuro muy interesantes y habían reservado algo especial que descubriría a su debido tiempo.

   En resumen, un lavado de cerebro que no serviría para nada.

   De todo lo que recuerdo de esa reunión, todavía resuenan en mi cabeza las palabras que, tras armarme de valor, tuve el aplomo de decir, porque ya no me fiaba de nada:

   —Estoy dispuesta a colaborar en todo lo necesario, pero, si algún día decido marcharme de la empresa, podéis tener por seguro que no habrá dinero suficiente para retenerme y hacerme cambiar de idea.
  
   Y ahí lo dejé caer, sin poderme ni imaginar que aquel claro mensaje, igual que una profecía, acabaría cumpliéndose tres años después.

   Las entrevistas de Marian y Darío fueron de lo más normal. No así la de Ramón, que al final confesó cómo le habían intimidado y acomplejado de tal manera que, al verse tan acorralado, algo a lo que no estaba acostumbrado, no se le ocurrió otra cosa que fingir un falso desmayo tirándose al suelo y todo. Una desesperada actuación, merecedora de un óscar, que dejó sin habla a los directores. Esto nos los contó meses después, cuando ya nada importaba, porque Ramiro, que no lo quería en su nueva plantilla, hizo todo lo que estuvo en su mano para acabar con él.

   En el fondo me ha quedado la duda de si mis palabras influyeron de alguna manera en la decisión de Ramiro hacia Ramón, pero los años me han dado la respuesta acertada. El tiempo pone a las personas en su sitio, y es cierto que quien siembra, tarde o temprano, recoge los frutos de su cosecha, tanto los buenos como los malos. Ramiro, a pesar de los pesares, era una persona muy intuitiva y, sobre todo, muy inteligente, y caló desde el primer momento la personalidad de Ramón.

   Yo, en realidad, solo fui una protagonista más en esta singular etapa que me enseñó que las cosas siempre pasan por algo y que, aunque me cueste reconocerlo, todos los desaires, mentiras e injusticias que Ramiro nos dedicó después, fueron el trampolín que yo necesitaba para enfrentarme a un destino más certero.

   Dos meses más tarde, agobiado y abrumado por las circunstancias, sin poder aguantar la presión de tener por encima a un jefe que lo dominaba y lo ridiculizaba en cada visita, Ramón anunció su despido, movido también por una idea que llevaba ya tramando hacía mucho tiempo: montar su propio negocio. Su plan de intentar llevarse muchos clientes sin que nos diéramos cuenta no le salió bien y acabó en otro sitio en un nivel inferior. Nunca más he vuelto a saber de él.

   Darío, al que la situación tampoco le sonreía, después de meterse en serios problemas personales, acabó en la calle de una manera inesperada.

   Y, como peones en un tablero de ajedrez, quedamos solo Marian y yo en el jaque mate de una jugada, en la que Ramiro había sabido mover muy bien cada una de sus fichas.

   Más adelante, la llegada de una nueva compañera, Paula, hizo más ameno nuestro día a día. Y, así, uno tras otro fueron pasando gracias al esfuerzo que todas realizamos para que aquella tienda funcionara después de tantos cambios, mientras Ramiro buscaba un nuevo encargado que estuviera a la altura de las circunstancias, curiosa paradoja al ser nosotras solas las que llevábamos el timón ante todos los problemas.

   Pero fue transcurriendo el tiempo, y las visitas de Ramiro y Rafael eran cada vez mas distanciadas, igual que los contactos telefónicos o los mensajes por ordenador, debido al interés por transformar y modernizar otras tiendas, lo que dejó a la nuestra de momento en un segundo plano.

   No recuerdo cuánto tiempo estuvimos de esta manera, al mando de una tienda que, sin ser nuestra, lo parecía, con una entrega y dedicación en nuestro trabajo que siempre fue seria y responsable, algo que nunca valoraron nuestros jefes.

   La gota que colmó el vaso (y nunca mejor dicho) fue el día en que, como si nos hubiesen echado mal de ojo, un aparatoso accidente, que merece la pena recordar, acabo por hundirnos: una tarde a primera hora, dos técnicos se preparaban para arreglar el aire acondicionado, que, ya muy antiguo, no podía combatir el calor insoportable del verano. Eran profesionales que yo había contratado, porque cansadas de pedir ayuda a la central, que siempre nos daba largas, al final éramos nosotras las que teníamos que resolver los problemas inesperados, al margen de unos jefes que se limitaban a aceptar los presupuestos.
  
   Recuerdo que estaba entregando unas gafas a un cliente que casualmente se apellidaba Aguado cuando, de repente, un pequeño chorro de agua empezó a caer por uno de los focos halógenos del techo. Los dos, al ver tan peculiar escape, nos quedamos extrañados pero intentando controlar la situación y, antes de que mi cliente se inquietara, le dije muy tranquila:

   —No se preocupe, están arreglando el aire acondicionado.

   Todo sucedió muy rápido, tanto que cuando fui a avisar al ayudante que, sin sospechar nada, sostenía un cubo al lado de su compañero, al ver que aquello era algo más que una pequeña fuga, de repente, tiró el cubo que llevaba al suelo y salió corriendo por la puerta, como alma que lleva el diablo. Después de aquella reacción, tan absurda como inesperada, me di cuenta de lo que se nos venía encima y pensé: "¿Pero qué hace? ¿Se ha vuelto loco?".

   En ese momento, el miedo me bloqueó, sin saber muy bien qué hacer, si salir corriendo, como él, o quedarme viendo cómo aquel chorro de agua se hacía cada vez más grande, hasta que los gritos de Marian, que venían del gabinete de lentillas, donde estaba la máquina del aire, me hicieron volver a la realidad.

   Cuando entré, una enorme cascada de agua, que en nada tenía que envidiar a las de Iguazú, caía sin cesar por la trampilla del techo, justo encima del técnico del que solo se divisaba ya un pie a través de la escalera, mientras luchaba contra la fuerza torrencial del agua, hasta que consiguió bloquear la llave de paso; si no, cinco mil litros hubieran inundado sin remedio nuestra tienda, en la que el agua ya llegaba hasta la calle.

   La planta de abajo, donde teníamos el taller, la sala de audífonos y los aseos empezaron a llenarse de agua; entonces me acordé de las máquinas nuevas que habían traído el día anterior y que todavía permanecían embaladas en el suelo del taller, "¿Se habrían mojado? ¡Dios mío!, valían un dineral…".

   Aún me parece estar oyendo en medio de aquel jaleo la sirena del camión de los bomberos, que, al mezclarse con los gritos de Marian, me hizo bajar al taller, donde el agua ya empezaba a acumularse.

   Recuerdo también cómo una vez abajo unos brazos me cogieron por detrás para subirme en volandas, era un bombero que bastante enfadado me recriminaba:

   —Pero niña, ¿estás loca? Podías haberte electrocutado.

   Tras dos horas de arduo trabajo, los bomberos consiguieron sacar toda el agua que quedaba, pero el paisaje que quedó fue desolador. Los muebles, la mayoría, inservibles y con una humedad que tardó mucho en desaparecer, parecían champiñones en mitad de aquella tienda totalmente arrasada; menos mal que las máquinas del taller se habían salvado gracias al embalaje que las protegía y que aguantó esta desafortunada riada.
                                                
   Ya de noche, cuando llamamos a la central para comunicar lo que  había sucedido, la secretaria se limitó a pedirnos el número de la póliza del seguro.

   Al rogarle que me pasara con Rafael para contárselo todo, se limitó a decirme:

   —Ahora es imposible, están todos reunidos, no se les puede molestar.

   — ¿No se les puede molestar? —grité enfadada—. Esto es una emergencia, pero ¿sabes la que se ha liado aquí? Ni siquiera sé si mañana vamos a poder abrir; está todo patas arriba.

   —Haced lo que podáis; mañana volvemos a hablar.
  
   Ese día nos fuimos muy tarde a casa, intentando poner un poco de orden en medio de aquel caos. Nos dieron las dos de la madrugada. Al día siguiente, fue inútil; nadie nos llamó.

   Con mucho esfuerzo conseguimos poner la tienda otra vez en pie, aunque no pudimos eliminar el olor a humedad, que se quedó impregnado sin remedio en aquellas paredes enteladas de color salmón, ahora de color marrón chocolate. La tienda, que era una copia exacta de una boutique de lujo de Milán, llamaba la atención por una impresionante lámpara de cristal de más de dos metros de altura situada en el centro de la escalera. Un bonito rincón forrado de pequeños espejos que multiplicaban su luz y que ahora, sin embargo, no hacían más que resaltar lo mal que había quedado todo después de la inundación.

   Dos meses después, cuando los jefes se dignaron a hacer acto de presencia y se dieron cuenta de la magnitud del accidente, decidieron iniciar las obras de cambio que ya tenía en mente su majestad don Ramiro.

   Un día, al poco de comenzar las obras, mientras yo estaba en el banco, dos trabajadores descolgaron la lámpara, y sin ningún miramiento la arrojaron a un contenedor de escombros que había preparado en la esquina de la calle. Cuando llegué y vi todas las lágrimas de cristal desmontadas y tiradas de cualquier manera, tuve un fatal presentimiento; igual que esa lámpara, yo tenía los días contados también en esa tienda. Es curioso, pero no me equivocaba.
                                                 
   Pero aún había más: al entrar, un albañil parecía disfrutar rompiendo a lo loco todos los espejos de la pared; entonces pensé: "Madre mía, con la mala suerte que trae esto, ¿no? Si un espejo roto son siete años de desgracia, ¿cuántos años serán tantos hechos añicos?".

   Y, así, nuevos problemas se fueron sucediendo en el transcurso de los tres años siguientes, los cuales no voy a narrar, memorias inolvidables que bien podrían ser el contenido de otro libro.












                                                 
                                 




Tres años después...

   Eran las ocho y media de la tarde. Aurora se había quedado sola para cerrar. Bajó la enorme persiana automática y fue al taller dispuesta a apagar las luces. Como siempre, primero desconectó el interruptor del extractor y pensó: "¡Qué descanso!".

   Tras el click del pulsador, una paz silenciosa acababa con ese horrible ruido al que nunca llegó a acostumbrarse y del que solo al apagarlo se apreciaba lo desagradable que podía llegar a ser. Cerró el diferencial de la luz y, en medio de la oscuridad que la rodeaba, se quedó pensativa intentando retener aquel momento en su memoria, donde después de casi veinte años, era el último que pasaba.

   Lentamente, subió las escaleras sin mirar atrás, hasta que llegó a la pequeña puerta que daba acceso a la salida. Al abrirla, una bocanada de aire fresco golpeó su rostro, que, empapado por las lágrimas, reflejaba el enorme sentimiento de tristeza que ahora le embargaba, porque sabía que, cuando cerrara esa puerta, jamás volvería a abrirse para ella.







                                                  











                                                 




                                                  


viernes, 28 de abril de 2017

Mi nueva novela PECES NARANJAS va cogiendo forma poco a poco. Nuevos escenarios, la Iglesia de San Nicolás de Bari en Zaragoza. El Cristo de la Orden del Temple. El Camino de Santiago.Un Rosario milagroso...
Dejo un pequeño fragmento de la obra y las fotos de los lugares en que me he inspirado: